Leo Arouet

El poema de ensueño

Hace unos días soñé un poema, lo leí de corrido. Vi el nombre del autor. Fue un poema bello, algo indescriptible, era disruptivo; guardaba la belleza y suavidad de la rima, tenía un juego de palabras sutiles. Después, al despertar y buscar al autor, nunca encontré tal escrito. Ahora trato de recordar ese poema, aunque sin mucha suerte. Fue algo muy inesperado, pero genial.

"Busco sin razón, nube helada, cuerpo entero; te busco y no encuentro; fuente de sequía. Retocada de sepia, me esperas. Retocado de abandono te espero; yo, árbol de sombra lleno, atiborrado de dulces, te espero, mientras tú me buscas". ©Leo Arouet.

Y sigo buscando ese poema líquido que se desvaneció en sueños, y ahora ya creo en la tesis de J. L. B., y otros escritores que él menciona.


Voces lejanas

Regreso no muy orgulloso de mí.

Indochina, Memoria.

 

"¿Qué es el amor?”, me pregunto.

 

Ya casi llegábamos a San Pedro. Nos había costado mucho subir las escalinatas, pero yo agradecía la distancia. Más que la distancia, el tiempo. Anochecía. La ciudad era como un corredor, un laberinto, lleno siempre de curvas, de pasadizos, de concreto. Yo deseaba que el tiempo de detuviera ese instante, para admirarla más, para disfrutar de su compañía, para deleitarme de sus bellos ojos verdes. Y hablaba como susurrando, para detener el instante, para no romper el hechizo.

—Te siento triste. ¿Por qué estás triste? —le pregunté.

Al llegar al jirón Junín, casi por terminar Pisagua, nos detuvimos. Ella volteó y buscó a alguien o algo. Sentí su nerviosismo. La calle, en esa parte, estaba a oscuras. Pero me di cuenta que ella no estaba nerviosa por ello. Sentí que buscaba la aprobación alguien, o algo así. No pude realmente saber que quería o buscaba en ese momento. Fue algo que nunca puede saber de las chicas.

—Espera —le dije, y me acerqué aprovechando el momento y la besé. Ella temblaba. 

—¿Por qué me preguntaste, hace un rato, si estaba triste? —me preguntó.

—No sé… Me pareció que estabas triste.

Ella no hizo ningún movimiento y siguió dejándose besar. Tomé sus manos y nos perdimos por ese laberinto de piedra que es Cajamarca, siempre aprovechando los momentos oscuros.

Al día siguiente, fui en busca de ella; siempre al atardecer. Le acompañé a su colegio nocturno. Regresaba siempre a la salida, como a las diez y quince de la noche, y siempre pasábamos por San Pedro. Fuimos hasta su casa muchas veces. Ella era bonita, y yo la quería a mi modo; sólo la quería. El firmamento estrellado nos acompañó siempre y fue como un amigo y un testigo.  

Empecé a darme cuenta que ella se estaba enamorando o quizá ya lo estaba. Su tía que algunas veces nos acompañaba me decía que hacíamos una linda pareja. Ella asentía feliz; yo callaba, y vivía el momento o lo disfrutaba.

Un día, cerca a la Iglesia San Pedro, alguien le llamó. Ella me dijo que era su tío y se fue. Dijo que regresaría. Pero no ella no regresó, me dejó parado allí en la vereda. El tío le invitó algunos anticuchos y se fueron. Eso me molestó, estuve furioso.

"Ni siquiera regresó a despedirse", pensé.

Bajé enojado por José Gálvez. Nadie me había dejado plantado. Creo que exageré ese momento.

El viernes fui a verla como de costumbre. No hice ningún reclamo. Sólo le pregunté quién era el tipo del otro día.

—Es mi primo —me dijo.

Iris había olvidado las palabras que me dijo días atrás.

"Ah, ya. ¿Total es tu tío o tu primo?", pensé molesto, sin transparentar nada.

Fue la última noche, no quise averiguar más. Los celos, me cercaban y me empujaban a algo extraño. Al llegar al mismo lugar del primer beso, le atajé, le dije que quería hablar con ella. Ella me amaba. Lo sabía.

—Iris, espera —le dije, jalándola a un lado—. Quiero hablar contigo. 

Ella nunca se imaginó el momento, pero notó mi seriedad.

—Sabes, quiero decirte algo. Y te voy a ser sincero —le dije.

Ella ahora estaba sorprendida y casi seria. La luz iluminaba su bello rostro, su piel blanca y suave. Arriba seguía el estrellado firmamento como testigo. Ya no habría más paseos por las escalinatas de piedra, en plenas noches totales. La miré fijamente a los ojos, y tomándola de las manos escogí las palabras más duras o más hirientes, como para que no hubiese marcha atrás.

—Sabes, quiero decirte la verdad… Nunca te he amado. Nunca me has gustado.

Lo dije no muy seguro, pero si aparentando lo suficiente. Ella no supo que decir. Noté que ella pasó de la sorpresa a la confusión, de la confusión al miedo. Su rostro se puso rosado, su mirada, su hermosa mirada prefiguraba el llanto.

—¿Qué? -preguntó casi llorando.

No le respondí más. Ella giro su rostro, no quiso que la viera llorando. Pero yo supe que estaba llorando. Sin decirme nada se fue.

En ese momento, sentí un como un pequeño dolor muy dentro. Sentí una contradicción. Sentí que me amaba; sus lágrimas lo confirmaban…

Meses y días después, yo llegaría a enamorarme de ella.  Nunca volvimos a estar juntos. “¿Fue culpa mía?”, me preguntaba. Yo llegué a amarla, pero ella ya no estaba…  Hice e intente muchas cosas, pero fue imposible. Ya había terminado todo.

"¿Qué es el amor?”, me pregunto.

 

Posdata.

Fue algo, bello haberla conocido. Pero ahora que escribo esto, me hubiera gustado encontrarla y decirle como la letra de Índigo: “Perdóname en tus rezos -aromas del desierto-. Dejaré, celdas en el templo; no puedo volver”.


Me gustas

Me gusta la noche, me encanta. Allí puedo tenerte siempre; estás allí en la luna plateada y en la suave brisa.

Me gusta la noche y me encanta. Como cuando llega el ocaso y veo, a través de mi ventana, en dirección al Quinde, las luces multicolores, aquellas amarillas, rojas y azules. Y también las variadas luces intermitentes de los autos, y siento que estás allí afuera bella y silenciosa. Y trato de intuir tus pensamientos, pero la lluvia me distrae y te distrae. Te veo allí  fuera en esa lluvia, blanca, con esa mirada suave y delicada que me conmueve, y estás como diciéndome: “Leo, mañana salimos, no te olvides”. Y yo te respondo: “¿Pintados nuevamente?, perfecto…”.  Y siento abrazarte nuevamente y siento tu mirada tratando de intuir mis pensamientos; lo noto y me quedo hechizado mirándote, pensando que no puedes sentir mi deseo, mi cariño y mi amor… protegido por mis lentes de sol.

Me gusta la noche, como cuando te escribo ahora y trato de ser preciso, preciso como Borges, y no tengo la menor idea si vas a leer esto o si ya lo estás leyendo ahora. Esa precisión no es precisa por cuanto son mis sentimientos y mi corazón los que dictan y escriben, y sé que he repetido muchas palabras. Pero te digo como la canción de mi grupo favorito que Can´t Fight This Feeling. (No puedo combatir este sentimiento). Y también podría decirte que you are the girl on my dreams and nigths.

Me gusta la noche, como cuando te digo te quiero…

y no sé si tú me piensas y si tú también me quieres…

 

Nota: 

 Te la dedico…

Lo escribí porque estuve inspirado… no sé que tal salió, espero bien, pero es algo que sentí.


El soñador

El soñador

 

[…] el inconsciente teje perpetuamente un vasto sueño que,

imperturbable, sigue su camino por debajo de la conciencia,

emergiendo a veces durante la noche en un sueño o causando

durante la jornada, singulares y pequeñas perturbaciones.

Karl Jung, L’homme à la decouverte de son âme

 

Siempre me han intrigado los sueños. Siempre me habían parecido misteriosos. Sé, también, que desde la antigüedad se los ha creído premonitorios, donde el soñador ha podido ver imágenes futuras y prever sucesos. Otros, en cambio, como Freud, lo han considerado como una extensión o afloramiento de los deseos reprimidos, que se canalizan a través de las pulsiones. Entonces, los sueños son, desde esta perspectiva, lo inconsciente que se manifiesta; el Ello, que desea emerger hacia a lo consciente o El Yo.

Dejaré de lado, por el momento, todas esas teorías vastas, hipnotizadoras y cautivantes y me centraré en el hecho que quiero contar. Hacia mediados del mes de julio de 1997, cuando merodeaba dentro de la hacienda de mi amigo Dennis Landry, buscándolo a través de los corredores oscuros, por las paredes de adobe sin enlucir, llegué a una habitación marrón con orificios cuadrados en los muros, a modo de repisas, en los cuales había cráneos humanos. Deben saber que no supe cómo reaccionar en ese momento, sólo describiré que me quedé paralizado y lívido. Mi amigo Dennis me encontró y me llevó hacia fuera, al patio, cerca al campanario. Ya repuesto, le pregunté por qué había tales cosas allí. Su respuesta fue que no sabía nada, que siempre habían estado allí desde que tenía consciencia. Volvimos a entrar. Casi al lado de una chimenea, encima a una mesita antigua, había papales vetustos, algunos incinerados; cogí algunos y los leí. Dennis notó mi interés y me dijo que si yo lo deseaba me los llevara. Y así fue, me los llevé.

Entre esos viejos papeles, encontré el siguiente relato que trataré de salvar y que ahora transcribiré. Estoy seguro le perteneció a un familiar lejano de Landry, pero contemporáneo.

  

I

 

Era un día caluroso, un día sábado, arriba había un cielo azul que coronaba el firmamento. Era un día festivo. Yo no hacía mucho que había subido. Había atravesado el jirón Del Batán, esquivando a las personas, siempre zigzagueando. El día era agradable. Cuando estuve a punto de pasar la pileta de la plaza de armas, me encontré con dos amigos, dos compañeros de la Universidad, que estaban totalmente ebrios. La gente los miraba y los desaprobaba. Jean y Carlos, habían estado de gira tres días como aquellos rockeros famosos, y como eran fiestas patrias, pues no había pretexto para no beber, y se habían alcoholizado celebrando la declaratoria de independencia de San Martín.

 Y, ahora, ellos subían a ver el desfile con sus botellas de cerveza en la mano.

—Avisen, solitos se pierden —les dije.

—Estamos hasta la… —dijo Jean ruborizado, avanzando junto a Carlos que caminaba como zigzagueando por el concreto.

En el centro de la plaza, la gente se arremolinaba y se desesperaba cuando el animador presentaba al Batallón de Infantería Motorizada, BIM ZEPITA, número siete, del ejército: “Fuerte las palmas para estos soldados aguerridos, valerosos, que demuestran coraje y valentía en defensa de nuestra patria, y que ahora muestran su hidalguía, su pundonor y tenacidad. Fuerte esas palmas para nuestros soldados”. Y uno que estaba ya buen rato, tenía la sensación de que el narrador se iba mandar con todos los sinónimos que había aprendido en el colegio, y él seguía y se deshacía en elogios para el ejército que marchaba con la mirada fija, los fusiles en la mano, y el cuerpo erguido y la mano derecha en la sien. Mientras tanto, en la tribuna el presidente regional Aníbal Ocas y el alcalde Noé Campos, se achicharraban y calcinaban sus rostros cuerpo gracias al fuerte sol. Y cruzaban algunas palabras y aplaudían de mala gana. Si alguno los hubiese visto en ese instante, con el rostro opaco, rosado y oscuro, quizá se hubiese caído de la risa.

Cuando miré el reloj, ya habían pasado quince minutos de las once. Un grupo de soldados habían subido a la parte superior del hotel Casa Blanca para realizar algún número y habían tendido un cable de acero, en diagonal, hacia el suelo que llegaba casi a la mitad de la plaza. Varios soldados se lanzaban al aire sujetados del cable, y la gente gritaba, aplaudía, ironizaba, se burlaba, agradecía y comentaba. Al lado, el desfile en el jirón Comercio seguía impasible e imperturbable. Los soldados del ejército hacían un paso redoblado y avanzaban con más ímpetu. 

Dos horas después, todo el espectáculo estaba por terminar. Arriba, el cielo se había tornado nublado, el azul del mar cedía a las nubes cargadas y opacas como cuando está a punto de llover. El día de verano o de playa terminaba. Dentro de un momento ya no habría olas ni brisas por la Plaza Mayor. En los pocos minutos que duró el último espectáculo, yo había acabado cuatro helados y veía el desfile de gorros, sombreritos, polos, tacos, zapatillas, camisas y polerones coloridos. Por fin la gente se despedía. A la una y cuarto, bajaba otra vez por la pileta; el ambiente y el cielo habían cambiado tan de pronto. Estaba ya por las bancas de cemento de la plaza, cuando advertí a un grupo de gente que se reunía y se concentraba en el jirón El Batán. Tuve curiosidad. Movido por ella, me acerqué al grupo. El grupo de personas conversaba sobre algo o veía a alguien. Cuando estuve a unos pasos o quizá dentro del grupo, no lo recuerdo bien, se desató un tornado. Lo vi venir rápidamente por el centro de las casas, pero sin tocarlas ni hacerlas volar por los aires ni nada parecido. Para mi sorpresa no me causó eso ninguna inquietud. Estuve como indiferente, sosegado e impasible. Yo veía al tornado como quien mira una hormiga que está cerca, con una combinación de ingenuidad y curiosidad. El tornado parecía no tocar a nadie. Avanzaba zigzagueante, enorme, gigantesco y aterrador. Su embudo y curvatura altos, terminaba a los lejos. No podía salir de mi asombro y me preguntaba cómo se habría podido formar ese extraño tornado y de dónde podría haber salido[1].

Estaba en estas reflexiones, cuando noté que las cosas ya empezaban a cambiar. Alguien salió volando; el tornado lo había absorbido, y ahora salía volando a lo lejos, por la parte superior. Sólo logré ver eso, no vi más. Lo que sucedió después fue algo deducible. La gente tuvo miedo y corría de un lado a otro. El tornado me perseguía y yo, increíblemente, lo esquivaba como se puede esquivar a un niño. Corrí, avancé hacia Amalia Puga y volteé a la derecha. Entré, torpemente, en una tienda de libros. Había sorteado el tornado unas cuantas veces y supe que podía evitarlo, así que pensé quedarme allí, pues el tornado no sabría dónde estaba. Es curioso, pues al fenómeno natural le atribuí conciencia propia, y yo presentí que él me perseguía.

En ese escondite, tras la vitrina y el mostrador, estaba cuando desperté. O algo me despertó.

 

II

 

Desperté sudoroso y temeroso en mi dormitorio. Mi almohada de raso estaba húmeda. Yo Marcial Laroche, sentí algo de alivio y calma, cuando advertí que todo había sido un sueño. Los rasgos de mi habitación, de mi cuarto, volvían poco a poco; mi equipo de sonido estaba siempre al frente; mi biblioteca, al costado junto a mi escritorio. No había terminado todavía de reponerme cuando advertí que el edificio se tambaleaba de un lado a otro como una hoja en el viento, y se remecía de una forma tan estrepitosa que tuve pánico. Sentí el aumento de adrenalina. Calculé, en pocos segundos, los posibles lugares seguros. Grande fue mi sorpresa cuando me percaté de que no había salida hacia ningún lugar. Salir y rodear mi casa hasta la esquina, era imposible; el edificio del frente de cinco pisos caería sobre mí; al otro lado de la calle, me sucedería lo mismo; en todo el espacio alrededor no había salida. Mientras tanto, el edificio amenazaba hacerse pedazos y trizas en cada segundo. Salí apurado. Pensé en mi familia, en mis amigos. Afuera llovía fuerte, tan fuerte que se escuchaban impetuosas olas y estruendos. Avancé con dificultad fuera de mi habitación y logré salir. La casa se movía furiosamente de un lado a otro, oscilando como un papel. Al dejar atrás el lavabo y el cuarto de baño, vi que la casa se partía en dos y se dividía. Resbalé y caí; el concreto se me venía encima como una espiral, comprimiéndose. Las gradas o escalones se concentraban sobre mí; el borde filoso me amenazaba; las estructuras me agobiaban; el peso me aprisionaba y los muros me sofocaban. Imploré el socorro divino. El borde filoso se detuvo, la realidad se detuvo. No supe, bien, si los edificios de afuera también quedaron estáticos, sólo pensé que no importaban, que no existían para mí en ese momento[2]. Reaccioné rápidamente, escalé y logré alcanzar la terraza. Lo que vi afuera era terrorífico. No les podría describir claramente. Pero les diré que lo que vi era el fin del mundo. Llovía fuerte. Las calles, antes pavimentadas, eran ahora ríos; había terremotos y las casas al frente y alrededor se remecían, temblaban y se balanceaban sin destruirse. Había estruendos y rayos a los lejos. El cielo era oscuro; había en el firmamento muchas lunas enormes de un color anaranjado pálido y muchos soles opacos a los lados. Caí de rodillas y fue ahí cuando tuve una visión, en plena calma y serenidad intuí la esencia del universo. En mi espíritu conocí la fuerza de la divinidad. Oré. Logré comprender lo absoluto, sin tiempo, el inicio y el final, vi el universo y supe el sentido de la vida. Era algo increíble y grandioso, pero incomunicable[3]

En ese estado estaba cuando desperté por última vez. Mi reloj marcaba las tres y veinticinco de la madrugada. Mi alfombra, los muros, el equipo y las pinturas estaban allí inmóviles. 

 


[1] Nota de Editor. Esa misma sensación o asombro, según los psicólogos, es el mismo que te inmoviliza y te pierde en una situación de peligro. Este se diferencia de las fobias, que también inmovilizan a las personas, por un alto grado de sorpresa y confusión.

[2] Nota del Editor. El autor recoge una de las tesis de George Berkeley, quien argüía que la realidad sólo existe si alguien lo percibe. “Esencia es percepción”, decía. “Su existir consiste en esto, en que se los perciba; y no se los concibe de ningún modo fuera de la mente o del ser pensante que pueda tener percepción de los mismos”. George Berkeley, Principios de Conocimiento Humano, Alianza Editorial, 1992.

[3] Nota de Editor. En el budismo o religiones de la India, se conoce a este estado como “nirvana”, que es una especie de iluminación, bienaventuranza o felicidad que se alcanza con la pérdida de la individualidad y la comunicación con la esencia divina.


Sobre política y ayuda internacional

Como dijo el filósofo Kwame Anthony Appiah, “No matarás es una prueba que se aprueba o se reprueba. Honrarás a tu padre y a tu madre admite gradaciones”. Es decir, se admiten grados o niveles.


Las obligaciones de los países más allá de las fronteras, son una cuestión de gradación; y también existen grados de intervención que van desde una ayuda a los refugiados y armas hasta diferentes grados de uso de la fuerza. 


AYUDA A ÁFRICA

Cuando en en 2005, el primer ministro de Gran Bretaña, Tony Blair le habló a su colega George W. Bush para duplicar la ayuda a África, éste se negó tajantemente. Bueno la lección que podemos es que muchos desean ayudar a ÁFRICA, PERO DEFINITIVAMENTE NO LOS NORTEAMERICANOS, SINO LOS EUROPEOS. ALEMANIA ayuda hoy no sólo a ÁFRICA, sino muchos países, entre ellos los sirios.